Financiamiento vía franquicia SENCE y fondos Ley Sep



Inscribe acá tu correo para recibir nuestro noticias y novedades:
Durante los últimos veinte años, han ido apareciendo nuevas tendencias en evaluación que tratan de responder a las demandas que la evaluación convencional, basada en el uso de tests estandarizados no ha logrado cubrir. Estas demandas han tenido un especial protagonismo en el ámbito educativo, donde el problema de la evaluación del logro escolar ha sido objeto de numerosas investigaciones y publicaciones que ofrecen alternativas al uso de tests de elección múltiple. El término evaluación auténtica agrupa todo este conjunto de alternativas, y se define por oposición a la evaluación estandarizada, a la cual considera no-auténtica e incapaz de detectar el verdadero aprendizaje. Desde este nuevo modelo se reivindica la importancia del contexto, el realismo de las demandas, de la situación instruccional, y un mayor protagonismo del proceso frente a los resultados. A lo largo del trabajo se ofrece una discusión sobre las ventajas, inconvenientes y aplicación de ambos modelos”
La evaluación estandarizada en el ámbito de la Psicología, tiene
sus orígenes en las demandas sociales de principios de siglo. La
primera de ellas surge en el ámbito educativo, donde al establecerse
la enseñanza obligatoria se requería algún método para clasificar
a los niños en diferentes niveles. La respuesta a este problema
la ofreció Binet con el primer test mental que evaluaba procesos
superiores de pensamiento (test Binet-Simon, 1905). Un segundo
origen se sitúa en la Primera Guerra Mundial, cuando un
grupo de psicólogos de la APA elaboró los primeros tests colectivos
de inteligencia (Army Alpha y Army Beta), con el fin de seleccionar
entre miles de soldados a los más adecuados para desempeñar
diferentes tareas.
Las nuevas demandas de clasificación y selección impulsaron
el desarrollo de toda una tradición en la medición psicológica, la
tradición psicométrica, basada en tres principios: estandarización,
diferenciación y el uso de tareas generales. Estos principios son
bien reconocidos en los tests de elección múltiple, compuestos por
un conjunto de ítems (tareas generales) que según el modelo reflejan
el dominio de una habilidad. Instrucciones estándar, un determinado
número de ítems, tiempo limitado y obtención de puntuaciones
basadas en los resultados, son algunas características de los
tests de lápiz y papel.
A principios de los ochenta, los problemas del sistema educativo
americano impulsaron la elaboración de una reforma educativa
que dio mucha importancia a la evaluación y convirtió a los tests
estandarizados en su herramienta estrella (Linn, 1995). Este tipo
de evaluación ofrecía importantes ventajas, entre las que sobresalen: la gran cantidad de información que permiten recabar en grupos
grandes de personas, en poco tiempo y bajo coste económico,
además del gran desarrollo de los estudios de validez y fiabilidad
de estas pruebas.
Los procedimientos de evaluación estandarizados se convirtieron
en la norma para evaluar el logro de los estudiantes y en el único
punto de referencia para la toma de decisiones tan importantes
como el permitir o no a un alumno pasar de curso, a la universidad
u obtener un diploma. En muchos casos la puntuación obtenida en
un único test ha sido suficiente para determinar las oportunidades
educativas y económicas de una persona. Los efectos personales y
sociales negativos que se derivan de estas decisiones están bien documentados
en la literatura (Oakes, 1986a; Oakes, 1986b; Jaeger,
1991).
Sin embargo, la reforma de los ochenta no cumplió sus expectativas,
las investigaciones mostraron sólo modestas ganancias en
habilidades básicas. La creciente insatisfacción fomentó numerosas
críticas hacia los métodos de evaluación estandarizados, crítica que se fortaleció con los estudios que demostraban el poder que
los procedimientos de evaluación tienen sobre el currículum y los
estándares educativos (Frederiksen, 1984; Madaus, 1988). La preocupación
sobre el impacto de las evaluaciones en lo que aprenden
los alumnos, ha dirigido uno de los frentes más importantes contra
los métodos de evaluación estandarizados. Sobre este tema, Terence
Crooks (1988) concluye: «La evaluación en el aula… guía el
juicio de los estudiantes sobre lo que es importante aprender, afecta
a su motivación y a la percepción de su propia competencia, estructura
su acercamiento al estudio, consolida el aprendizaje y
afecta al desarrollo de estrategias de aprendizaje» (p. 467). El mismo
impacto se ha señalado en la decisión de los profesores sobre
el qué y cómo deben enseñar. Su trabajo se ve dirigido por las evaluaciones
desarrolladas desde los cargos administrativos y políticos,
sean municipales, regionales o nacionales (Lomax, 1992;
Moss, et al. 1992; Nolan, Haladyna & Hass, 1992). Esto sucede en
nuestro sistema educativo con la Selectividad, los profesores centran
su instrucción en las habilidades y contenidos exigidos en ese único examen, enseñan habilidades específicas para responder mejor
y utilizan el mismo formato en sus propias evaluaciones. Las
evaluaciones dirigen y limitan el currículum a los objetivos que se
reflejan en los tests, por ello, parece necesario evaluar el amplio
rango de conocimientos, habilidades e intereses que queremos fomentar
en nuestros estudiantes. En este sentido, Wiggins (1989)
anima a los educadores a: «evaluar aquellas capacidades y hábitos
que creemos esenciales, y evaluarlas en su contexto». En la misma
línea Resnick y Resnick (1991) apuntan uno de sus principios: «construye evaluaciones sobre aquello que quieres que los profesores
enseñen» (p. 59), la idea es aprovechar el poder que la evaluación
tiene sobre la enseñanza, dicha influencia puede convertirse
en virtud y no en debilidad.
Recientes investigaciones sobre aprendizaje y cognición consideran
al aprendiz, al estudiante, un participante activo en la construcción
del conocimiento y en la comprensión, y no un mero receptor
de hechos y reglas de proceder. Como dicen Resnick y Resnick
(1991), incluso la memorización requiere organización para
ser efectiva. Esto cambia el rol del profesor de transmisor de conocimiento
a mediador del aprendizaje. Los estudiantes deben participar
activamente en el proceso de pensamiento, en la organización
y reorganización del conocimiento y en su propia evaluación.
A la luz de estas preocupaciones, en los últimos años se han multiplicado las experiencias, investigaciones y artículos donde se mencionan otros tipos de evaluación que suelen etiquetarse como «auténticos», «alternativos», «directos», «basados en actuaciones ». Todos ellos pretenden superar las críticas dirigidas a los métodos de evaluación estandarizados. A continuación se describen algunas de las críticas citadas con mayor frecuencia:
1. Miden sólo conocimiento declarativo y no procedimental (Mehrens, 1992). Los ítems suelen referirse al recuerdo de hechos y resultados y rara vez evalúan estrategias o habilidades procedimentales.
2. Se centran en el resultado y no en el proceso (Mumford, Baughman, Supinski y Andersen, 1998). No pueden explicar el porqué de las diferentes ejecuciones, ni el proceso por el cual llegan a obtener un resultado cor recto o incorrecto.
3. No cubren adecuadamente el dominio evaluado (Mehrens, 1992; Wiggins, 1991). Esta crítica, dirigida a la validez de contenido, no se centra exclusivamente en este tipo de medición. Muchas alternativas a los tests siguen sin representar adecuadamente lo que se pretende evaluar.
4. Existen diferentes habilidades e incluso inteligencias que no son evaluadas por este tipo de tests. Desde la teoría de Gardner de las inteligencias múltiples, donde incluye junto a las tradicionales inteligencias lingüística, lógico-matemática y espacial, las inteligencias corporal-kinestésica, musical, interpersonal e intrapersonal, se sugiere un sistema de evaluación con medidas más auténticas. También Powell (1990) critica la limitación del contenido de estos tests a las áreas académicas.
5. Son medidas relativas (Powell, 1990). Los tests clasifican a las personas dentro del grupo de referencia según la puntuación obtenida, pero en muchas ocasiones el objetivo de la evaluación no es clasificar, sino averiguar lo que ha aprendido el estudiante, o su nivel de dominio en una tarea o campo concreto, independientemente del nivel de su grupo. Además, se debe añadir la dificultad de conseguir una adecuada muestra de referencia.
6. La estandarización supone una muestra homogénea. Sin embargo,
la muestra evaluada es heterogénea, con diferente dominio
del lenguaje, actitudes y valores.
7. El formato de elección múltiple limita las evaluaciones y supone otras habilidades distintas a las evaluadas (Powell, 1990) . Las inferencias realizadas suponen habilidades subyacentes a las respuestas del test. Además, con frecuencia dependen demasiado de las habilidades verbales de las personas evaluadas o en una única forma de ver el mundo, lo cual perjudica los resultados obtenidos por algunos grupos.
8. Se alejan de las verdaderas demandas contextuales (Mumford, Baughman, Supinski y Anderson, 1998). Al buscar simplicidad y estandarización, el diseño de estos tests hace difícil detectar cómo la gente desarrolla habilidades específicas en ambientes complejos, más reales.
Este tipo de evaluación no ofrece a los estudiantes la oportunidad de mostrar sus verdaderas competencias (Johnston, 1987; Newman, 1990). Los objetivos son homogeneizados y no representan adecuadamente los intereses de cada estudiante en su currículum; la puntuación también se centraliza y se basa en criterios establecidos por personas que no conocen a los estudiantes, sus metas, o sus oportunidades de aprendizaje.
Cada vez son más las ra zones que impulsan a los expertos en el campo de la medición a buscar alternativas. Bajo la precisión, objetividad y ahorro en tiempo y dinero que ofrece el uso de tests estandarizados, se realizan selecciones que re flejan sólo una o pocas dimensiones de las dife rencias individuales, no se mide a «toda la persona», cuando es precisamente «toda la persona» la que es contratada para un trabajo o seleccionada para realizar determinada tarea .
Con el fin de superar estos problemas han ido apareciendo nuevas
tendencias en evaluación bajo la denominación de evaluación
auténtica, que es definida por sus defensores por oposición a la
evaluación tradicional (no-auténtica), a la que culpan de algunos
de los problemas del actual sistema educativo, donde no se detecta el verdadero aprendizaje. Este término agrupa todo un conjunto
de alternativas a la evaluación tradicional, donde la respuesta no
está limitada a la elección de una de las alternativas presentadas y
donde el contexto es significativo. La persona evaluada hace, creao produce algo durante un tiempo suficiente para poder evaluar el
proceso, el resultado o ambos (Messick, 1998). En los tests tradicionales
la respuesta era correcta o incorrecta, sin posibilidad de
conocer el proceso por el cual esa opción era elegida.
Algunos autores apuntan otros requerimientos para hablar de
evaluación auténtica: la tarea debe dejar libertad al examinado; el
material estimular no debe estar estandarizado; han de ser las propias
personas evaluadas las que elijan el momento de actuar para
estar verdaderamente motivados; incluso, y especialmente en el ámbito educativo, el evaluador debe conocer a las personas que está evaluando, sus circunstancias vitales y su historia de ejecución
de la tarea (Sackett, 1998).
El nuevo modelo se centra en actuaciones más realistas, siendo
su objetivo evaluar en una escala absoluta (no relativa según el
grupo de referencia) cómo las personas dominan tareas específicas.
Prácticamente cualquier alternativa al test de lápiz y papel entraría
dentro del nuevo modelo: respuestas abiertas (construidas)
frente a la mera elección de una alternativa; ensayos; realización
de tareas que pueden simular el desempeño de un trabajo o ser verdaderas
muestras del trabajo que está realizando la persona evaluada
(portafolio, en el ámbito educativo).
Todos ellos, son indicadores más convincentes de lo que realmente
sabe un estudiante o un candidato para desempeñar un trabajo.
Siempre ha existido este tipo de medidas, pero ahora se proponen
como un nuevo sistema de evaluación a gran escala. Hasta
ahora se buscaban evaluaciones baratas, breves, fáciles de puntuar
y objetivas, el nuevo modelo tiene características muy diferentes:
1. Se realizan observaciones y registros de la ejecución de tareas
pertenecientes a un dominio específico, que proporcionan una
base para hacer inferencias sobre las personas, sin pretender evaluar
habilidades subyacentes.
2. La demanda se asemeja más a una situación instruccional real, donde se presenta un problema, pero no alternativas cerradas
para resolverlo. La persona evaluada, no sólo tiene que acabar de
definir el problema, sino además elaborar su respuesta.
3. Superan la simplicidad de las preguntas de alternativa múltiple,
requiriendo que la persona actúe en situaciones más complejas y reales.
4. Los resultados son percibidos como más válidos por los profesores,
representan mejor los verdaderos conocimientos y habilidades
del alumno.
5. Pueden examinarse tanto el proceso como el resultado.
6. Se observa la calidad de la ejecución observada, sin valorar
tanto la restrictiva estandarización de otras evaluaciones.
Para poner en práctica este modelo, es necesario superar importantes
retos a los que se enfrentan tanto profesores como investigadores:
las aulas son pequeñas, no se dispone de los materiales
necesarios y las escuelas tienen esquemas de trabajo muy
delimitados. Sin embargo, con más o menos dificultades, cada vez
son más las experiencias donde la evaluación se aparta de los cánones
de la estandarización para reflejar las características del
nuevo modelo. Dos ejemplos de su puesta en marcha son: la propuesta
de Solano-Flores y Shavelson (1997) para evaluar la realización
de una tarea y el uso del portafolio en el ámbito educativo.
Solano-Flores y Shavelson configuran el proceso de evaluación
a través de tres componentes y tres dimensiones.
Los componentes necesarios son siempre: a) una tarea donde
se presenta un problema bien contextualizado, cuya solución requiere
el uso de materiales concretos que han de ser utilizados por
los estudiantes; b) un medio para recoger las respuestas de los estudiantes
(grabaciones, gráficos que reflejan la solución, redacción
de conclusiones…) y c) un sistema de puntuación,con el fin de valorar
el razonamiento y exactitud de las respuestas.
Las dimensiones tienen un carácter metodológico y práctico, y
se encuentran muy vinculadas unas a otras: a) el contenido hace referencia a aspectos como la adecuada representación del dominio,
asegurar que los contenidos sean significativos y comprensibles para
las personas evaluadas y que exista una amplia va riedad de soluciones
de dife rente grado de corrección; b) el equipamiento, tiene
en cuenta los materiales y recursos disponibles; y c) la puesta en
práctica, alude a la disponibilidad de las condiciones físicas y de
tiempo necesarias, la fiabilidad interjueces, el tiempo para realizar
la tarea o el entrenamiento con el sistema de puntuación. Son frecuentes
las tensiones entre las dimensiones debido a su mutua influencia,
por ejemplo, si se reduce el coste de los mat e riales pueden
aumentar los erro res de medida, y si estos son de alta calidad el coste
puede ser muy alto. Se trata de un proceso cíclico, donde es imposible optimizarlas todas, se debe buscar la combinación que maximiza
las ventajas y minimiza los inconvenientes .
El proceso comienza identificando las actuaciones que demuestran el dominio de ciertas habilidades y seleccionando las tareas
que pueden licitarlas. Decididos los aspectos re l at ivos a cada dimensión,
el pro blema o tarea se presenta a las personas que se van a evaluar, y se van registrando los pasos que realizan durante el
ejercicio. Las observaciones o registros son valorados por un grupo
de jueces, expertos en el campo, quienes evalúan la expresión de dichas
habilidades y todo el proceso de ejecución de la tarea.
Esta propuesta es una opción entre muchas de cómo llevar a la
práctica la filosofía de la evaluación auténtica, ahora bien, la alternativa
que más atención ha recibido, especialmente en el contexto
educativo, es el portafolio. Se trata de un método muy útil en este ámbito y que representa un buen ejemplo para explicar algunas características
del nuevo modelo. Arter y Spandel (1991), lo definen
como el grupo de trabajos realizados intencionalmente por el estudiante,
donde se muestran sus lo gros en una o más áreas. Según
Meisels y Steele (1991), el portafolio permite a los estudiantes
participar en la evaluación de su propio trabajo, permite seguir mejor
la pista de su desarrollo y proporciona una base para realizar
una evaluación cualitativa de todos los lo gros de cada niño.
El portafolio recoge múltiples pruebas de trabajo: redacciones,
cuentos, dibujos, libros leídos, vídeos, fotografías, grabaciones,…
Idealmente, debería incluir distintos tipos de observaciones (Grace
y Shores, 1991):
a) Registros de actividades, hechos e intervenciones espontáneas
realizadas por el estudiante, sin ser juzgadas. Dan una idea de
su progreso diario.
b) Inventario de objetivos. Es una de las herramientas más útiles
para seguir el progreso de los estudiantes, donde se especifican
diferentes objetivos educativos, entre ellos los diferentes pasos para
la adquisición de habilidades. En general, las observaciones se
basan en actividades cotidianas de clase .
c) Escalas de evaluación. Son apropiadas cuando el comportamiento
observado tiene diferentes aspectos o componentes.
d) Preguntas y peticiones. Una de las maneras más directas de recoger información es preguntar directamente al alumno sobre su
opinión o conocimientos sobre un tema determinado. Demuestra no
sólo sus conocimientos sino también sus habilidades lingüísticas.
e) Tests de prueba. Ayudan a identificar las habilidades y conocimientos
adquiridos, con el fin de guiar la planificación del proceso
de enseñanza.
El portafolio supone un buen ejemplo de lo que se viene llamando evaluación auténtica. Es un método que permite conocer mejor a los estudiantes y sus verdaderos logros, además de ofrecerles una visión más realista de las demandas que recibirán fuera del ámbito escolar. Un estudio de Calfee y Perfumo (1993) sobre la utilización del portafolio y basado en la opinión de los profesores, reveló dos aspectos importantes: por un lado, los profesores reconocen haber introducido el portafolio a su práctica educativa como un intento de renovación personal, impulsados por un nuevo compromiso que ha incrementado su estatus, haciéndoles más responsables de su propia instrucción; por otra parte, reconocen que los fundamentos técnicos de esta evaluación son aún débiles, todavía no está claro cómo medir los logros conseguidos.
A pesar de todas las ventajas mencionadas, no son pocos los
problemas asociados a estas alternativas en evaluación:
1. Son métodos mucho más costosos. Al mayor coste económico,
hay que añadir el tiempo, siendo además mucho menor el número
de personas que pueden ser evaluadas simultáneamente.
2. Dificultad de elaborar evaluaciones paralelas. A diferencia
de los tests, encontrar tareas cuyos requerimientos sean idénticos
es muy difícil.
3. Falta de acuerdo en los constructos que han de evaluarse en
el proceso de resolución de problemas.
4. El uso de jueces para puntuar la ejecución de tareas supone
mayor subjetividad. La probabilidad de error aumenta y el coste es
mayor. Aunque se entrene a los jueces y se les muestren ejemplos
de una buena y mala ejecución, los jueces no siempre siguen estas
reglas. Sus evaluaciones están sometidas a factores situacionales,
características de los examinados y asunciones del estereotipo de
lo que es una buena ejecución.
5. La compleja naturaleza de muchos ejercicios . Esta complejidad
no sólo hace que la evaluación sea más cara y difícil de puntuar, sino que dificulta la obtención de una muestra adecuada de la
expresión de estas habilidades. Por otro lado, el tiempo no puede
a largarse más de dos horas, para aseg u rar un buen rendimiento, y
esto limita el número de tareas a un máximo de tres o cuatro, lo que
difícilmente asegura una adecuada representación de esa habilidad.
6. El efecto del contexto en la evaluación. Separar la influencia
del contexto de evaluación de la ejecución realizada es muy difícil.
Los resultados pueden verse influidos por la presencia de otras
personas y en el caso concreto del portafolio, nos encontramos con
el problema de cómo averiguar si las muestras presentadas han sido
realizadas por el niño.
7. Generalización de las inferencias. Al centrarse en habilidades
específicas es difícil generalizar a otros dominios. Se requerirían
evaluaciones muy amplias, extendidas a diferentes dominios,
lo que encarecería el coste y se perdería efectividad.
Los métodos utilizados en este modelo no son novedosos, de
hecho responden al tipo de evaluación que se ha realizado dentro
del aula durante muchos años, la novedad se encuentra en su aplicación
a las evaluaciones a gran escala, y es aquí donde aparecen
sus limitaciones. Aspectos como la validez y fiabilidad de las mediciones
tienen gran relevancia, lo que es válido dentro del aula,
puede no serlo en una evaluación a gran escala. Muchos autores
han tratado el problema de la validación de estas mediciones, sin
embargo, no sucede lo mismo con la fiabilidad, olvidada por los
defensores de la evaluación auténtica.
Tabla 1 |
||
|
EVALUACIÓN TRADICIONAL |
EVALUACIÓN AUTÉNTICA |
OBJETIVO |
• Clasificar a las personas en función de la puntuación alcanzada en el test. |
• Evaluar el nivel de desarrollo de la habilidad a través de la actuación manifestada. |
MEDIDA |
• Tareas muy específicas y concretas (ítems). |
• Tareas más amplias (ej. resolución de un problema). |
INFERENCIAS |
• Discrimina a las personas en función del nivel alcanzado en cierta habilidad a partir de las puntuaciones obtenidas. |
• Discrimina a las personas en función del dominio demostrado en habilidades específicas |
DESARROLLO |
• Especificar los constructos que se pretenden evaluar con el test. |
• Especificar el tipo de actuación y conocimiento relevantes para cierta habilidad. |
VENTAJAS |
• Coste bajo. |
• Puntuación en escala absoluta según el criterio de referencia (dominio de habilidad). |
DESVENTAJAS |
• Puntuación en escala relativa, según grupo normativo. |
• Coste alto. |
Cada modelo responde mejor a unos determinados objetivos
(tabla 1), mientras la evaluación estandarizada permite evaluar a
grandes grupos de personas simultáneamente de forma objetiva, la
evaluación auténtica busca mayor profundidad y exhaustividad,
centrándose más en el caso individual, a pesar de hacerlo a través
de evaluaciones más subjetivas. No tiene sentido sustituir un modelo
por otro cuando los dos han demostrado su efectividad en di
ferentes contextos.
La primera ha resultado de gran utilidad cuando hay que seleccionar
a un número de personas dentro de una amplia muestra. De
hecho, dentro de la tradición psicométrica se está desarrollando
una nueva línea que supera muchos de los inconvenientes de la Teoría
Clásica de los Test, se trata de la Teoría de Respuesta a los Ítems. Una de sus aplicaciones, los tests adaptativos informatizados,
ha aportado grandes ventajas a la hora de realizar evaluaciones
objetivas a un grupo muy amplio con fines de selección o clasificación (pruebas de acceso a la universidad, M.I.R., P.I.R., etc.).
Por otro lado, en contextos como el educativo, la evaluación
auténtica va ganando adeptos, lo cual tiene sentido si el verdadero
objetivo de la escuela es enseñar y no clasificar a los estudiantes
según el nivel alcanzado en un test. Un pro fesor debe conocer
lo que realmente ha ap rendido cada uno de sus alumnos, con el fin
de desarrollar mejor el proceso de enseñanza, para ello un único
examen a fin de curso (o trimestral) no es el mejor indicador. De
aquí proviene la defensa de la olvidada evaluación continua mediante
métodos como los antes indicados por Grace y Shores
(1991), si bien, para ello no vale sólo defender este nu evo modelo,
sino adecuar el contexto educativo para poder aplicarlo (número reducido de alumnos, características del aula, contactos profesor- alumno).
No faltan en ambos modelos las ventajas e inconvenientes de su
aplicación (tabla 1), aunque el espíritu de renovación de la evaluación
auténtica ha provocado una cierta visión romántica de sus posibilidades.
Para rechazar la evaluación estandarizada, conviene
primero analizar cuál es el objetivo de la evaluación y los recursos
disponibles, en palabras de Frechtling (1991): «antes de asumir
que disponemos de una alternativa que puede solucionar los problemas
a los que nos enfrentamos, debemos estudiar esta nueva
herramienta de manera más analítica y menos emocional, y preguntarnos
qué puede y no puede hacer».
Bibliografía:
• Arter, J. y Spandel, V. (1991). Using portafolios of student work in ins -
truction and assessment. Portland, OR: Northwest Regional Educational
Laboratory.
• Calfee, R.C., y Perfumo, P. (1993). Student portafolios: opportunities
for a revolution in assessment. Journal of Reading, 36, 532-537.
Crooks, T.J. (1988). The impact of classroom evaluation practices on
students. Review of Educational Research, 85(4), 438-481.
• Frechtling, J.A. (1991). Performance assessment: moonstruck or the real
thing?. Educational Measurement: Issues and Practice,10(4), 23-25.
• Frederiksen, N. (1984). The real test bias: influences of testing on teaching
and learning. American Psychologist, 39(4), 193-202.
• Grace, C. y Shores, E.F. (1991). The portafolio and its use: develop -
mentally appropiate assessment of young children. Little Rock, AR: Southern
Early Childhood Association.
• Jaeger, R.M. (1991). Legislative perspectives on statewide testing. Phi
Delta Kappan, 73(3), 239-242.
• Johnston, P. (1987). Assessing the process, and the process of assessment,
in the language arts. En J.R. Squire (Ed.) The dynamics of language
learning: research in reading and English. (pp.335-357). Urbana: ERIC
Clearinghouse on Reading and Communication Skills.
• Linn, R.L. (1995). High-stakes uses of performance-based assessments.
Rationale, examples, and problems of comparability. En Oakland,
T., Hambleton, R. K. (Eds.). International perspectives on academic as -
sessment. (pp. 49-73). Boston/ Dordrecht/London: Kluwer Academic Publishers.
• Lomax, R.G. (1992). Appendix A: Nationwide teacher survey. En G.F.
Madaus, M.M. West, M.C. Harmon, R.G. Lomax, y K.A. Viator (Eds.).
The influence of testing on teaching math and science in grades 4-12.
Chestnut Hill, MA: Center for the Study of Testing, Evaluation, and Public
Policy, Boston College.
• Madaus, G. (1988). Testing and the curriculum: from compliant servant
to dictatorial master. En L. Tanner (Ed.), Critical issues in curriculum:
87th NSSE yearbook. (pp. 83-121). Chicago: National Society for the study
of Education.
• Mehrens, W.A. (1992). Using perfo rmance assessment for accountability
purposes. E d u c ational Measurement: Issues and Pra c t i c e, 11(1), 3 -
2 0 .
• Meisels, S. y Steele, D. (1991). The early childhood portafolio collec -
tion process. Ann Arbor, MI: Center for Human Growth and Development,
University of Michigan.
• Messick, S.J. (1998). Alternative modes os assessment, uniform standards
of validity. En M.D. Hakel (Ed.) Beyond multiple choice: evaluation
alternatives to traditional testing for selection, (pp. 59-74) Mahwah, NJ:
Lawrence Erlbaum Associates Publishers.
• Moss, P.A., Beck, J.S., Ebbs, C., Matson, B., Muchmore, J., Steele, D.,
Taylor, C., Herter, R. (1992). Portafolios, accountability, and interpretive
approach to validity. Educational Measurement: Issues and Practice,
11(3), 12-21.
• Mumford, M.D., Baughman, W.A., Supinski, E.P., Anderson, L.E.
(1998). A construct approach to skill assessment: procedures for assessing
complex cognitive skills. En M.D. Hakel (Ed.) Beyond multiple choice:
evaluation alternatives to traditional testing for selection. (pp. 75-112).
Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum Associates Publishers.
• Newmann, F.M. (1990). Higher order thinking in teaching social studies:
a rationale for the assessment of classroom thoughtfulness. Journal of
Curriculum Studies, 22(1), 41-56.
• Nolan, S.B., Haladyna, T.M. y Hass, N.S. (1992). Uses and abuses of
achievement test scores. Educational measurement: Issues and Practice,
11(2), 9-15.
• Oakes, J. (1986a). Beyond tracking. Educational Hori zons, 65(1), 3 2 - 3 5 .
• Oakes, J. (1986b). Tracking, inequality, and the rethoric of school reform:
why schools don’t change. Journal of education, 168(1), 61-80.
• Powell, M. (1990). Performance assessment: panacea or pandora’s
box. Rockville, MD: Montgomery County Public Schools.
• Resnick, L.B. y Resnick, D.P. (1991). Assessing the thinking curriculum:
New tools for educational reform. En B.G. Gifford y M.C. O’Conner
(Eds.) Changing assessments: alternative views of aptitude, achievement
and instruction. (pp. 37-75). Boston: Kluwer Academic Publishers.
• Sackett, P.R. (1998). Performance assessment in education and professional
certification: lessons for personnel selection? En M. D. Hakel (Ed.)
Beyond multiple choice: evaluation alternatives to traditional testing for
selection, (cap. 8, pp. 113-129) Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum Associates
Publishers.
• Solano-Flores, G., Shavelson, R.J. (1997). Development of performance
assessments in science: conceptual, practical, and logistical issues. Edu -
cational Measurement: Issues and Practice, 16(3), 16-25.
• Wiggins, G. (1989). A true test: Toward more authentic and equitable
assessment. Phi Delta Kappan, 79, 703-713.
• Wiggins, G. (1991). A response to Cizek. Phi Delta Kappas, 72, 700-
703.
Fuente:
www.psicothema.com