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“Educar para la democracia” ha sido un lema frecuente en la historia de los sistemas educativos, aunque diferentes gestiones han concebido de manera dispar los alcances de dicho enunciado. ¿Qué significa hoy educar para el ejercicio de la democracia? ¿Cuáles son los valores relevantes que es necesario tener en cuenta para orientar la formación de los ciudadanos? ¿Cómo interpelan los problemas de una ciudad a la formación en la ciudadanía? El autor reseña algunas interpretaciones de este mandato en otras épocas y postula algunas propuestas para el contexto social actual, reflexionando desde la ciudad de Buenos Aires”
El título de este artículo incluye tres términos (educación, valores y democracia) que pueden parecer rimbombantes pero aparentemente alejados de la cotidianeidad escolar. Suelen usarse como ingredientes de frases solemnes en actos escolares, carteleras y discursos políticos. Al acercarnos a ellas, la primera tarea es desbrozar sus sentidos triviales y los consensos aparentes, que impiden una comunicación efectiva. En particular, nos interesa aproximarnos a la noción de valor, pues hay enfoques disímiles sobre ella que pueden generar propósitos y prácticas de enseñanza de orientaciones muy diferentes. Una vez establecido qué sentido damos a esta noción, plantearemos articulaciones posibles de la misma con una educación para la democracia.
Empezamos a analizar esto desde un hecho bastante distante: en 1816, el Gobernador de Buenos Aires envió una nota de felicitación a Don Rufino Sánchez, quien dirigía una de las escuelas de la ciudad: “Fue un honorable examen sobre temas generales el que rindieron los ocho estudiantes bajo su dirección el 28 del mes pasado en la iglesia de San Ignacio… Como recompensa a su brillante desempeño, ofrezco ocho carabinas con bayonetas que Ud. deberá entregarles a cada uno de ellos en mi nombre con una copia de esta nota; y que estas armas los acompañen desde hoy como premio a su estudio, y que sólo las usen para defender su sagrada religión y los derechos de su patria, sin avergonzar jamás estos honores. Por favor, acepte también una carabina y un par de pistolas para su uso personal como una muy merecida recompensa a su virtuoso esfuerzo” (citado por Szuchman; 1988. Pág. 12). La nota alude sin sobresaltos a una escena que hoy nos resulta escandalosa: ¿a quién se le ocurre premiar con armas el buen desempeño de los estudiantes? ¿Para qué necesita un docente un par de pistolas? Resultaría impensable un incentivo semejante en manos de las autoridades públicas actuales. ¿Cómo puede entenderse esta alianza entre escuela y guerra al momento de formar a los ciudadanos?
Quizá el secreto está en mirar el contexto de época: la escena da cuenta de una sociedad cuyos valores más relevantes estaban vinculados al heroísmo y a la gloria, tal como recordamos habitualmente en las efemérides escolares. Pocos años antes, el colegio de San Carlos había cedido sus instalaciones para transformarse en cuartel militar. Lo había anticipado el gobierno revolucionario en setiembre de 1811: “La patria está en peligro y la guerra debe ser el principal objeto a que se dirijan las atenciones del gobierno. Las virtudes guerreras serán el camino de las distinciones, de los honores, de las dignidades […]. Todos los ciudadanos nacerán soldados y recibirán desde su infancia una educación conforme a su destino […]. Las ciudades no ofrecerán sino la imagen de la guerra. En fin, todo ciudadano mirará […] la guerra como un estado natural” (citado por Halperin Donghi; 2002. Pág. 201).
Escuela y guerra son dos fenómenos sociales que hoy nos escandaliza ubicar juntos, pero en esa instancia contribuían a la construcción de una nación independiente que debía erigirse al mismo tiempo en el campo de batalla y en la conciencia de los ciudadanos. ¿Pueden responder a los mismos valores la escuela y la guerra? Aparentemente, la respuesta que en aquella época era afirmativa, hoy nos resultaría inadecuada: en tiempos diferentes, los valores predominantes pueden ser otros y hasta opuestos, lo que es loable en un tiempo quizá deja de serlo cuando cambian las condiciones generales de la vida social. Y el pasaje de uno a otro estadío, no suele ser sencillo ni estar exento de contradicciones e incoherencias.
Esta imagen de valores cambiantes, inestables y opuestos en una y otra época es bastante diferente de aquella imagen estática e inmutable que predomina en muchos discursos escolares sobre los valores, la imagen de una escala armoniosa, ordenada e inmutable en la cual las escuelas dejan reposarar (o deberían dejar reposar) todas sus acciones formativas.
¿De qué hablamos cuando hablamos de valores? “La noción de valor en un sentido general está ligada a nociones tales como las de selección y preferencia, pero ello no quiere decir todavía que algo tiene valor porque es preferido, o que algo es preferido, o preferible, porque tiene valor” afirma el diccionario de filosofía (Ferrater Mora; 1999. Pág. 3634). Esta relación entre valor y preferencia es la marca en el orillo de un término originalmente acuñado en la economía liberal del siglo XVIII, que desde allí pasó luego a inundar las discusiones éticas y estéticas de la filosofía. Lo que origina su enunciación es la preocupación por el cambio de valor de los bienes según los vaivenes del mercado, en contraposición a la noción medieval de “justo precio”. En el siglo XIX, Lotze y Niezschte dieron un gran impulso a la reflexión filosófica sobre los valores.
A principios de siglo XX, se desarrollaron discusiones entre vertientes objetivistas y subjetivistas de fundamentación de los valores, en las cuales los primeros tuvieron predominio académico hasta el período de entreguerras. Desde la posguerra, los cambios culturales habidos en las sociedades de Occidente llevaron al predominio de enfoques que postulan la construcción histórica y situacional de los valores. En nuestro país, el meticuloso trabajo de Risieri Frondizi tuvo proyección internacional y concluía afirmando lo siguiente: “Si se denomina ‘situación’ al complejo de elementos y circunstancias individuales, sociales, culturales e históricas, sostenemos que los valores tienen existencia y sentido sólo dentro de una situación concreta y determinada” (Frondizi, Risieri; 1958. Pág. 136).
Esto implica considerar que los valores no son absolutos ni inmutables, sino que varían a través del tiempo, pero tampoco son puramente subjetivos, sino que se construyen en los discursos sociales de cada época. Los criterios de preferencia de cada sujeto, se constituyen como una escala valorativa en diálogo con los enunciados culturales con los cuales interactúa. En palabras de Paul Ricoeur: “Los valores son como el sedimento depositados por las preferencias individuales y los reconocimientos mutuos. Estos sedimentos, a su vez, sirven de relevos objetivados entre nuevos procesos de evaluación de los que cada individuo es responsable” (Ricoeur, Paul; 1994. Pág. 81). En síntesis, los valores son criterios de preferencia construidos como producto de disputas culturales, que alcanzan consensos relativos y vuelven a entrar en crisis periódicas de legitimación y consenso. El problema de la universalidad de los valores se transforma entonces en el problema de la extensión universal de los parámetros culturales dentro de los cuales los valores tienen sentido.
Actualmente, atravesamos un proceso de mundialización cultural, por el cual cada tradición local ha entrado en confrontación, hibridación y mestizaje con prácticas sociales y valoraciones de otros horizontes1, a veces muy distantes pero también frecuentemente cercanos en la diferencia. Se trata de un proceso sesgado por la desigualdad en el acceso a medios de difusión y teñido de implicancias económicas vinculadas a los “consumos culturales”. Esto afirma el Director General de la UNESCO: “Si hoy en día todos los valores coexisten, cabe preguntarse si vamos a presenciar una colisión entre un mundo que se construye sobre la base del rechazo de los valores ancestrales y otro que se niega a aceptar ese rechazo. También podemos preguntarnos si, por el contrario, no vamos a presenciar un mestizaje o hibridación de los valores. Podemos responder señalando que dentro de cada cultura hay individuos y grupos que distinguen lo justo de lo injusto y que, por lo tanto, efectúan evaluaciones. Así, en distintos contextos culturales, todos los valores pueden ser evaluados, devaluados y revaluados. Esto significa que los valores evolucionan, que pueden elaborarse en común y que pueden ser objeto de debates y contratos entre protagonistas muy diferentes a veces. En esto estriba precisamente la diversidad creadora de las culturas humanas y el sentido de su pertenencia común a una humanidad única.” (Matsuura, Koichiro; 2004)
Desde esta perspectiva, las posibilidades de articulación los valores con la educación y la democracia se inscriben en las disputas culturales de la época, por lo cual debemos hacer una lectura evaluatoria del presente desde nuestro contexto específico y una proyección de lo deseable para el futuro. Nos remitimos inicialmente a aquella relación entre guerra y educación de los ciudadanos para poder plantearnos la relación entre democracia y educación en valores como una pregunta y, más particularmente, como una pregunta incómoda: ¿en qué valores habremos de fundar hoy una educación para la democracia?
Las respuestas triviales quizá generan consensos tranquilos, pero correríamos el riesgo de que un listado ingenuo de valores genéricos sólo nos sirva para escabullir el bulto del problema central: nuestro presente no se caracteriza precisamente, al menos viendo al mundo desde un rincón al sur de América Latina, por un devenir armonioso y satisfecho de la vida social.
La respuesta que brindemos ingresará a una palestra donde se enfrentan diferentes visiones del presente y del futuro que nos interesa construir a partir de él. Pero además nuestra reflexión se sitúa en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires. Quizá no daríamos la misma respuesta desde otros contextos, sino que necesitamos situar el problema para enunciarlo de modo específico: ¿en qué valores habremos de fundar una educación para la democracia, en este contexto y para estas generaciones que se nos presentan en las escuelas?
Pensamos el problema desde procesos amplios que atraviesan a la sociedad porteña, de los cuales postulamos algunos a grandes rasgos:
Este apretado punteo no pretende exhaustividad en la descripción de los procesos que afectan a la ciudad, sino sólo poner en foco aquellos aspectos que pueden ser particularmente relevantes para abordar el tema de este artículo y que plantean demandas específicas hacia el sistema educativo.
Según el texto de Frondizi citado más arriba, nos corresponde dar cuenta de una situación desde la cual tiene sentido pensar en valores. La realidad compleja que denominamos situación incluye al menos dos conjuntos de cuestiones: lo que vemos en la realidad social y qué lugar ocupamos en ella, pues la posición del ojo da cuenta de lo que vamos a mirar. En este caso, antes de interpretar aquellas demandas de la sociedad actual, hemos de manifestar tres convicciones básicas sobre el rol de la escuela, que es el ámbito en el cuál situamos nuestras observaciones y evaluaciones de la realidad social.
Desde este conjunto de convicciones, entendemos que es función de la escuela ofrecer una oportunidad para recrear valores en el proceso mismo de conocer. Se trata de intervenir en las disputas culturales aportando ingredientes específicos de la escuela e incluyendo a los estudiantes en ese proceso.
En este punto, una vez que caracterizamos la noción de valor, nos ubicamos en el contexto de la ciudad de Buenos Aires y tomamos posición sobre la función social de las escuelas, sí podemos postular un conjunto básico de valores que, al mismo tiempo, encuadran la tarea de educar y constituyen parte del contenido a ser enseñado. Los presentamos como respuesta posible y deseable de la escuela a las demandas sociales del momento. Ellos son:
Toda educación es educación en valores (porque los procesos de valoración tiñen todas las prácticas sociales), pero no toda educación se rige por los mismos valores. Aquí hemos propuesto un breve listado de los criterios de preferencia que, desde nuestro punto de vista, es menester priorizar hoy desde la enseñanza escolar: el pluralismo frente a la homogeneidad, el respeto frente a atropello o el desconocimiento del otro, la cooperación frente a la competencia individualista o la dádiva supererogatoria. Sin pretender exhaustividad, entendemos que la reivindicación de estos valores como norte de la tarea escolar constituye una respuesta institucional acorde a las demandas de la época
Proponer valores es una parte del camino, pero quedaría inconcluso si no aludiéramos, al menos en términos básicos, a cómo llevar adelante estos valores en las aulas. Aquí nuevamente la forma no es indiferente al contenido, sino que lo constituye íntimamente. Hemos hablado de los valores como criterios de preferencia y entendemos que la ciudadanía es un conjunto de prácticas complejas en las cuales cada sujeto ha de intervenir y tomar posición a partir de esos criterios. ¿Cómo encarar, entonces, una educación del criterio autónomo?
La delimitación de nuestros propósitos es una clave de lectura de las herramientas con las cuales contamos para llevarlos adelante:
Creemos conveniente realizar dos estimaciones sobre los métodos de educación en valores, que no estamos en condiciones de aseverar, pero parecen plausibles2:
Por la primera estimación, vemos que los premios y castigos moldean conductas y lo hacen con alto grado de eficacia, pero los resultados se revierten apenas se extinguen los estímulos externos y es poco probable que genere adscripción identitaria lo que se hace en vistas a un beneficio externo o para evitar un castigo; los rituales pueden generar emoción, pero difícilmente podremos hacer una aproximación crítica al estudio de la realidad social si la teñimos antes de sentimientos de adhesión incondicionada; el adoctrinamiento puede distribuir nociones certeras, pero éstas no se transformarán en herramientas si no se asumen como propias y se aprende a adecuarlas.
Como puede advertirse, nos resulta mucho más interesante y valiosa una enseñanza como la descripta en el último apartado de la tipología, pues entendemos que es la que más claramente favorece la autonomía de los sujetos: “tan sólo una enseñanza en la que las adquisiciones sean utilizables fuera del control del enseñante y de la misma situación de formación permite de veras la emancipación del sujeto” (Meirieu; 1998. Pág. 112).
Sin embargo, atendiendo a nuestra segunda estimación, que da cuenta de la persistencia esperable de los otros rasgos, nos inclinamos por una metodología combinatoria en la que las estrategias se elijan en forma decreciente de mayor a menor grado de autonomía: que se otorgue la mayor relevancia posible a la educación del criterio y que se reduzca al mínimo posible el tiempo y la energía dedicados a las otras estrategias.
El enfoque situacional consiste en habilitar instancias de participación estudiantil en la gestión institucional y ofrecer oportunidades de tomar posición argumental en actividades diseñadas para la enseñanza. En el primer caso, se trata de un camino difícil porque cuestiona buena parte del formato organizacional de la escuela y está teñido, seguramente, de mucho intentos fallidos: a participar se aprende a través de errores, desgastes en la motivación y peleas variadas. Sin embargo, la fuerza de esos aprendizajes es enorme y también lo es su campo de extensión en situaciones futuras. Un modo más resguardado es ofrecer instancias de deliberación sobre situaciones hipotéticas, lo cual también implica una buena herramienta de enseñanza si se garantizan las condiciones de reflexión y diálogo argumentativo3.
Hemos recorrido un camino que nos llevó a analizar diferentes aspectos de la articulación entre educación, valores y democracia. El sentido fuerte de las afirmaciones aquí enunciadas sólo puede entenderse en contraste con aquellos argumentos que discute, aquellas valoraciones que revierte, aquellos conceptos que recrea. Las diferencias teóricas sobre estos temas son más abundantes de lo que parecen y pregnan las prácticas escolares orientándolas en direcciones opuestas.
Aquí hemos bregado por una noción situacional y contextuada de los valores como criterios de preferencia construidos a través de disputas culturales. En consecuencia, entendemos que plantearse una educación en valores para la democracia supone al menos tres compromisos fuertes:
Notas:
1 “Las cosas adquieren importancia contra un fondo de inteligibilidad. Llamaremos a esto horizonte. Se deduce que una de las cosas que no podemos hacer, si tenemos que definirnos significativamente, es suprimir o negar los horizontes contra los que las cosas adquieren significación para nosotros” (Taylor; 1994. Pág. 72).
2Una descripción y evaluación bastante exhaustiva de los métodos de educación en valores puede verse en Uhl (1997).
3Se pueden encontrar ejemplos de este tipo de propuestas en los documentos “Propuestas de enseñanza para segundo ciclo” A, B y C, editados por la Dirección de Currícula del GCBA.
Bibliografía:
• Cullen, Carlos (1997). Crítica de las razones de educar. Temas de filosofía de la educación. Buenos Aires: Paidós.
• Ferrater Mora (1999). Diccionario de filosofía. Barcelona: Ariel.
• Frondizi, Risieri (1958). ¿Qué son los valores? Introducción a la axiología. México: ondo de Cultura Económica.
• Halperin Donghi, Tulio (2002) Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo veintiuno editores Argentina.
• Matsuura, Koichiro (2004) “Culturas y valores, en evolución” en Diario Clarín, 2 de julio de 2004.
• Meirieu, Philippe (1998). Frankenstein educador. Barcelona: Laertes.
• Ricoeur, Paul (1994). Educación y política. De la historia personal a la comunión de libertades. Buenos Aires: Docencia.
• Szuchman, Mark D. (1988) “En busca del respeto, educación y formación cívica en la Buenos Aires del siglo XIX” en Cuadernos de Historia Regional N° 12. Buenos Aires: División de Historia del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Luján. Agosto de 1988.
• Taylor, Charles (1994). La ética de la autenticidad. Buenos Aires: Paidós.
Uhl, Siegfried (1997). Los medios de educación moral y su eficacia.Barcelona: Herder.
Fuente: www.oei.org.ar