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Conscientes de la función socializadora de la escuela, las dificultades que entraña la convivencia y la preocupación de la sociedad ante los problemas derivados de la violencia escolar, presentamos una clasificación de los modelos de convivencia para conocer y prevenir.”
Es bien sabido por todos que el ser humano es un ser sociable por naturaleza que necesita relacionarse con los demás, pero la implementación de un sistema de convivencia no siempre se presenta fácil, quedando a veces postergado, desatendido o incluso olvidado.
En ella el conflicto surge como algo natural e inevitable en las relaciones interpersonales, entendiendo como tal la situación de desacuerdo de opiniones y/o intereses entre dos o más personas. De las causas del mismo y formas de abordarse, dependerá, entre otros factores, la intensidad del mismo e incluso el resultado, pudiendo estar ante un conflicto destructivo o constructivo.
De esta forma, la convivencia en los centros escolares se ve a menudo alterada por conductas antisociales, que si bien la mayoría no son tan violentas como aparecen a veces en los medios de comunicación, sí resulta una cues-tión de interés cada vez mayor para la comunidad educativa y la sociedad en general.
Por ello dedicamos este artículo al análisis de la gestión de la convivencia en nuestro sistema educativo, desde una perspectiva crítica, con la intención de encontrar, no solo la forma de resolución más adecuada a cada situación conflictiva particular, sino también la forma de prevención.
La gestión de la convivencia de un centro escolar es un conjunto integrado de planteamientos de índole educativa, que tratan de argumentar una serie de intervenciones para prevenir y hacer frente a los problemas de disciplina que puedan tener lugar en el centro. En la actualidad existen tres modelos de intervención ante estos comportamientos antisociales (Torrego, 2001): el modelo sancionador o punitivo, el modelo relacional y el modelo integra-do. Utilicemos un método u otro, en cada conflicto deberemos atender tres face-tas diferentes: reparación, reconcilia-ción y resolución, y en la medida en que éstas sean satisfechas, el modelo utilizado tendrá un mayor éxito en su aplicación en la convivencia.
Es tal vez, el más antiguo y extendido en la actualidad, consistiendo en la aplicación de un castigo como medida principal de intervención, bien sea un parte, la apertura de un expediente disciplinario o una expulsión del aula o del centro, por el tiempo que se considere oportuno, atendiendo a la gravedad de los hechos.
Este modelo, no obstante, presenta una serie de limitaciones:
a) Si imponemos una sanción al alumno que agrede, la “víctima” puede ver aumentado su sentimiento de indefensión, por lo que, más que ayudarle, podríamos hacerle flaco favor: en el fondo su daño no ha sido reparado.
b) Difícilmente se alcanzará una reconciliación entre las partes en conflicto, ya que con el castigo impuesto no lo hemos propiciado. No ha habido diálogo ni relación posterior a la agresión, por lo que la “víctima” no ha tenido ocasión de superar su sufrimiento, ni el “agresor” ha tenido oportunidad de disculparse ante la “víctima”. Así pues, no solo permanecen el daño y la culpa, sino que más aún, las distancias entre ambas partes pueden haber aumentado.
c) Es evidente que no existe una resolución.
La cuestión, tanto para “víctima” como para “agresor”, ha quedado
zanjada con una sanción, o así lo entienden
ellos, lo que no significa que
hayan resuelto sus diferencias. Es muy
probable con ello, que ninguna de las
partes tenga intención de hablar con el
otro sobre lo sucedido.
Como su nombre indica, se trata de
un modelo basado en la interrelación
personal, donde el diálogo es una herramienta
imprescindible y la buena
disposición de las partes enfrentadas,
una condición fundamental para que
la resolución del conflicto sea un éxito.
Los implicados, bien por iniciativa propia, bien animados por terceras personas (docentes, compañeros de clase o cualquier otro miembro de la comunidad educativa), son los encargados de buscar una solución que satisfaga a ambos, es decir, que restituya a la “víctima” y libere de culpa al “agresor”.
Con este modelo, por lo tanto, el daño sí puede ser reparado en la “víctima”, la comunicación es un cauce que favorece la reconciliación y en cuanto a la resolución de conflicto, como hemos mencionado ya, se vislumbra a través de la predisposición y el diálogo por y para alcanzar un acuerdo.
Este modelo trata de compaginar los dos anteriores, haciendo más flexible el modelo sancionador y formalizando el relacional, con la intención de resol-ver las situaciones conflictivas de forma constructiva. Se trata de un sistema participativo, de autorregulación de la disciplina, responsabilidad y aceptación de compromisos.
Por otro lado, el modelo integrado conlleva la creación de equipos de es-pecialistas (“equipos de mediación”) capaces de encauzar una situación determinada, favorecer el diálogo y el compromiso, lo que a su vez, entra-ña la necesidad de un grupo de per-sonas implicadas, con una formación adecuada en la materia, así como una “institucionalización” a nivel de régimen interno de centro. Por ello no siempre es un modelo fácil de implantar.
El tratamiento de cada una de las facetas del conflicto (reparación, reconcilia-ción y resolución), utilizando el modelo integrado y el relacional, es práctica-mente el mismo, esto es, la persona agredida recibe una reparación directa y el camino hacia la reconciliación y la resolución está abierto, a través de la búsqueda del acuerdo.
No obstante, para una adecuada intro-ducción o implantación de un modelo integrado en un centro escolar, son necesarios una serie de elementos:
1. Un sistema de normas de regulación de la convivencia, elaborado y aceptado por todos.
2. Una estructura organizativa en el centro para el tratamiento de conflictos, como el sistema de diálogo y otros canales de comunicación.
3. Un clima adecuado donde ajustar este modelo de gestión de la convivencia: favorecer la colaboración de alumnado y las familias, revisar el ambiente y las interacciones en el aula (la forma de reacción ante las disrupciones, palabras, gestos empleados…), analizar las influencias que los alumnos puedan recibir del contexto externo e incluso tomar medidas al respecto, así como llevar a cabo cambios curriculares y organizativos en favor de una buena relación y entendimiento.
Lo que hemos expuesto hasta ahora
evidencia que los resultados más beneficiosos
en materia de convivencia
escolar se obtienen con el modelo integrado,
pero en definitiva no deja de
ser una mera clasificación de sistemas
para la gestión de la interrelación en
los centros educativos. En cualquier
caso, puede servir para percibir cuál
es el modelo que estamos llevando a
cabo en nuestro centro, para conocer
su funcionamiento y sus consecuencias,
así como para orientar la actuación
docente en beneficio de una
mejor convivencia de la comunidad
educativa, porque la intención última
no solo debe ser la de intervenir sobre
las actuaciones antisociales, sino la de
crear un ambiente propicio al diálogo y
al entendimiento de todos, enseñando
habilidades y ofreciendo alternativas
pacíficas a los conflictos.
Fuente: www.techtraining.es
Bibliografía:
• TORREGO, J.C. (2001). “Nuevos enfoques de actuación ante el conflicto y la convivencia escolar”. En FERNÁNDEZ, I. (coord.). Guía para la convivencia en el aula. Escuela Española.• • TORREGO, J.C. (2001). “Modelos de regulación de la convivencia”. Cuader-nos de Pedagogía, nº 304.
• GALTUNG, J. (1998). “Tras la violencia, 3R: reconstrucción, reconciliación, resolución”. Bilbao, Gernika Gogoratuz.
