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Artículo que invita a reflexionar sobre el rol de los adultos en los aprendizajes de los niños y en los recursos que se utilizan, ejemplificando una situación de la vida real y lo que habría significado la misma experiencia a través de una pantalla.

Encuentro con una serpiente.

  1. Este artículo es parte de uno publicado en Marzo, 1997, en el Bulletin of the Waldorf Education Research Institute, y en NetFuture #46. Es reproducido aquí por gentileza de su autor, Stephen Talbott © 1999, All rights reserved.

Un video o CD-ROM acerca al aula, casi con promiscuidad, ricas viñetas de la naturaleza; imágenes y sonidos que de otro modo permanecerían inalcanzables para los alumnos. Si el currículum demanda estudios naturales, parecería ingenuo y banal sugerir que algo le falta a los notables videos disponibles hoy en día. ¿Qué otra ventana a la naturaleza más íntima y reveladora podría existir?

Pero ahora escuchen una historia real:

"Ayer, mi hijo de once años y yo estábamos caminando en un remoto bosque. él marcaba el camino. Divisó una víbora cascabel de metro y medio en el sendero uno dos metros delante nuestro. La miramos por un buen rato antes de rodearla. Mientras retornábamos a casa, comentó que éste había sido el mejor día de su vida. Se sentía justificadamente orgulloso de haber prestado atención evitando así un accidente, y de haber tenido la oportunidad de observar a esta poderosa, hermosa y siniestra serpiente."

Barry Angell, el padre, se hizo después la pregunta correcta: "Querría saber cuántos observadores-de-escritorio de la naturaleza han visto estas serpientes en un tubo y han dicho 'éste es el mejor día de mi vida'". Y concluyó: "Mejor una cascabel en el sendero que una tropa entera de gorilas, leones y elefantes en la pantalla".

Prácticamente todo el mundo, al escuchar esta historia, reconoce intuitivamente la dramática diferencia que hacen para el niño una víbora en el sendero o una en la pantalla. Es una diferencia que obviamente contiene implicaciones profundas para el aprendizaje. Capturar el sentido real de esa diferencia, sin embargo, no es tan fácil.

Me gustaría ofrecer algunas reflexiones sencillas en torno a la historia.

Las repesentaciones por medio de imágenes son abstracciones.

Primero que nada, se aduce a menudo que mientras la palabra impresa es una abstracción de la experiencia -objetiva e indirecta, la imagen visual es concreta, subjetiva e inmediata. En un sentido extremadamente importante esto es falso. Sea lo que fuese que pensemos acerca de la superficie bidimensional decorativa como tal, algo más hace falta definir sobre las representaciones por medio de imágenes: en relación con lo que es representado, son abstractas en extremo -reducidas, selectivas, mayormente vacías de significado. En la medida en que sustituímos estas imágenes por el mundo que representan, movemos nuestra conciencia por el mismo camino de abstracción por el que ya estamos transitando con la palabra escrita, o, al menos, por una ruta paralela.

El hijo de Angell, al navegar el CD-ROM no correrá el riesgo de golpearse un dedo del pie contra las raíces expuestas en el camino. No hallará a los troncos rugosos y ásperos, sino más bien lisos como el vidrio. El aterciopelado olor del musgo y el decaimiento no lo saludará. Esa plenitud del ser que llevó a los antiguos a una experiencia profunda de la naturaleza -de dríadas y náyades, gnomos y duendes- y contra la cual nuestros parientes Renacentistas se escudaron al comenzar a purgar su experiencia sensorial, su lenguaje y sus imágenes de las cualidades interiores, toda esa riqueza no estará allí para el tierno niño. La noción resbaladiza de la serpiente mirando a través de ojos inmóviles desde el sendero no puede ser reproducida por los píxeles iluminados de una pantalla.

Es, en breve, la diferencia entre la Naturaleza y una imagen de ella. Luego de sumergirnos tan profundamente en una realidad de imágenes para ver el mundo como en un cuadro, no es sorprendente que haga falta una anécdota particularmente impactante para recordarnos la diferencia entre ambas. Y ciertamente la hay. En el sendero, el niño encontró algo de su destino personal -un destino que podría haber sido muy distinto de no haber visto la víbora a tiempo como lo hizo. Si la educación se ocupa de algo, es de ayudarnos a encontrar, entender, comprender y agrandar nuestros destinos. Esto requiere más que las abstracciones visuales y textuales de una villa global electrónica: requiere de un mundo.

Educación asistida por maestro.

Primero que nada, se aduce a menudo que mientras la palabra impresa es una abstracción de la experiencia -objetiva e indirecta, la imagen visual es concreta, subjetiva e inmediata. En un sentido extremadamente importante esto es falso. Sea lo que fuese que pensemos acerca de la superficie bidimensional decorativa como tal, algo más hace falta definir sobre las representaciones por medio de imágenes: en relación con lo que es representado, son abstractas en extremo -reducidas, selectivas, mayormente vacías de significado. En la medida en que sustituímos estas imágenes por el mundo que representan, movemos nuestra conciencia por el mismo camino de abstracción por el que ya estamos transitando con la palabra escrita, o, al menos, por una ruta paralela.

El hijo de Angell, al navegar el CD-ROM no correrá el riesgo de golpearse un dedo del pie contra las raíces expuestas en el camino. No hallará a los troncos rugosos y ásperos, sino más bien lisos como el vidrio. El aterciopelado olor del musgo y el decaimiento no lo saludará. Esa plenitud del ser que llevó a los antiguos a una experiencia profunda de la naturaleza -de dríadas y náyades, gnomos y duendes- y contra la cual nuestros parientes Renacentistas se escudaron al comenzar a purgar su experiencia sensorial, su lenguaje y sus imágenes de las cualidades interiores, toda esa riqueza no estará allí para el tierno niño. La noción resbaladiza de la serpiente mirando a través de ojos inmóviles desde el sendero no puede ser reproducida por los píxeles iluminados de una pantalla.

Es, en breve, la diferencia entre la Naturaleza y una imagen de ella. Luego de sumergirnos tan profundamente en una realidad de imágenes para ver el mundo como en un cuadro, no es sorprendente que haga falta una anécdota particularmente impactante para recordarnos la diferencia entre ambas. Y ciertamente la hay. En el sendero, el niño encontró algo de su destino personal -un destino que podría haber sido muy distinto de no haber visto la víbora a tiempo como lo hizo. Si la educación se ocupa de algo, es de ayudarnos a encontrar, entender, comprender y agrandar nuestros destinos. Esto requiere más que las abstracciones visuales y textuales de una villa global electrónica: requiere de un mundo.

Toda educación tiene que ver con nuestra humanidad.

Cuando pensamos en los maestros que más decisivamente nos han influenciado, lo que recordamos sobre todo es a las personas mismas, y no en la información que nos transmitieron. Vimos en ellos lo que significaba ser una persona enfrentando ciertos aspectos del mundo.

Es un retroceso decir que debemos desarrollar las mentes jóvenes para que dominen una materia en particular, aunque prácticamente todos los que hablas de desarrollar las capacidades humanas acaban rindiéndose ante este argumento. Por el contrario, necesitamos contenidos particulares para que podamos aprender más allá, a través de nuestros maestros y de nuestras propias experiencias, qué significa ser humano.

El contenido de información de nuestro aprendizaje casi nunca es tan importante como la intensidad y la vividez cualitativa con la que trabajamos este contenido mientras lo traemos a la vida dentro de nosotros, o como el grado en que ejercitamos y extendemos nuestras capacidades al hacerlo.

Es notable lo fácil que olvidamos cómo nos hemos formado. Los señores Clinton y Gore -apoyados por las corporaciones de alta tecnología y demasiados educadores- nos inculcan que debemos entrenar niños para los empleos del siglo veintiuno. Pero eso también es ir para atrás. Nuestra verdadera misión es criar individuos maduros que sean capaces de decidir qué tipos de empleo vale la pena crear y tener en el siglo veintiuno.

Fuente:
 www.contexto-educativo.com.ar