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En medio de murmullos, ruidos incesantes, un agobiante encierro y con restringidas posibilidades de comunicación con el exterior, tres internos buscan reincorporarse a la sociedad a través de la educación”

Los reos universitarios de Colina II

  1. Fuente: www.latercera.com
  2. Fecha de publicación: 21 agosto 2011

Veinte kilómetros al norte de Santiago, en Colina, en el 765 de la Avenida General San Martín y detrás de una reja de malla acma, un guardia vestido de verde oscuro, casi negro como las hojas del boldo, cuida un gran edificio de color damasco. A su lado, una garita protege del viento a tres hombres más con el mismo uniforme. Una serie de autos aculatados a un bandejón de pasto y barro separan a este pequeño refugio de la entrada.

El piso es de cerámica gris, con jaspeado blanco y negro. La opacidad se debe a las cientos de personas que pasan por ahí diariamente. Cada paso adelante intensifica el olor al diluyente y pintura que están usando para remodelar algunas oficinas. Por todos los rincones aparecen los hombres de verde y bototos negros, mientras el eco de múltiples voces se convierte en un permanente y grave zumbido.

Después de doblar por algunos pasillos, espera un proceso similar al de los aeropuertos. Hay un arco detector de metales como puerta de entrada y un hombre recibe los aparatos electrónicos e intercambia el carné de identidad por una credencial. Antes de seguir, una segunda inspección se realiza con un detector manual.

En un escenario frío y de poca luz aparece un pasillo ancho que deja ver, a lo lejos, una reja.

Al fondo, una pesada puerta giratoria de fierro abre paso a la vida al interior del penal. Son las tres de la tarde y es hora de visita en el Centro de Cumplimiento Penitenciario, Colina II.

Hay más de dos mil internos, 13 módulos y las celdas se comparten. Aquí es difícil hablar de privacidad y la concentración es una tarea complicada para Oren, Carlos y Abraham.

Ellos llevan cinco, siete y 12 años privados de libertad, pero con su esfuerzo y el de sus familias, se las ingeniaron para emprender una carrera profesional. "Llevamos mucho tiempo de encierro y la opción de estudiar es una puerta grandísima para reinsertarnos en la sociedad", dice Carlos Restrepo, colombiano de 32 años, condenado a 12 de prisión.

Están en el tercer semestre de Ingeniería en Administración de Empresas y mantienen promedio de notas entre 6,0 y 6,3. Estudian en un programa de educación a distancia y la fórmula es que cada uno, gracias a los esfuerzos familiares, paga una matrícula anual de $ 70 mil, y luego $ 52 mil mensualmente. Al principio de cada semestre, la terapeuta educacional va a buscar el material al instituto y se los entrega para que estudien de acuerdo con su criterio. "Nosotros somos libres del tiempo. Entre nosotros nos ayudamos, pero en realidad no tenemos muchas instancias para estudiar juntos", dice Carlos.

Durante cada período, desarrollan dos pruebas que la terapeuta retira y lleva al instituto para ser evaluadas. El examen final es el único contacto que tienen con un profesor. "Fue muy complejo encontrar que alguien nos brindara la opción de estudiar. Ninguna universidad quería. Lo complicado ahora es que no podemos usar los CD, porque no tenemos acceso a computador ni a internet ni profesor ni nada. Estamos a media máquina y así todo, hemos sacado la carrera adelante", comenta Restrepo, mientras los otros dos asienten con la cabeza.

Oren Cohen tiene 34 años, llegó desde Israel y también está condenado a 12 años. Con un español bien desarrollado y acento costeño, adquirido de su ex esposa colombiana, dice: "Vamos a terminar una carrera técnica y no hemos usado un computador. Yo puedo leer un libro completo, pero si no tengo a nadie que me explique, es muy difícil. Nosotros estamos luchando y haciendo todo lo que podemos".

El único chileno del grupo es Abraham Hidalgo, de 48 años, condenado a 14. El se siente orgulloso de encarnar una historia de superación. Huérfano de padre, madre trabajadora y el mayor de 10 hermanos, desertó del colegio muy pequeño y cuando lo detuvieron, a los 36, decidió retomar los estudios. Empezó en la básica, terminó 4º medio, dio la PSU, le falta un semestre para ser técnico en administración de empresas y dos años para ser profesional. "Yo nunca había estudiado y con la herramienta que me ha entregado esto y el apoyo de mi familia, ya no quiero volver a lo de antes. Quiero trabajar, estar con mi familia y corresponderles el apoyo que me han dado. Quiero que ellos estén orgullosos", asegura. Afuera lo esperan cuatro hijos y cuatro nietos.

Ellos no partieron el proyecto solos, varios se quedaron en el camino, principalmente, por problemas económicos. Lograr buenos resultados en sus condiciones no es fácil. Así y todo, hay otros internos que se han graduado de 4º medio y quieren seguir sus pasos, pero les cuesta superar estos obstáculos. Abraham asegura que "si para los que están afuera es difícil, imagínese para nosotros. Es necesario que todos estudien porque de otra manera no se puede. Si las personas no estudian, no van a cambiar".

 


 




 





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