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En vez de formar profesores, la U. de Chicago quiso hacer un aporte más radical a la educación: administrar escuelas y colaborar con el gobierno local. El decano John Hansen explica por qué."
A fines de la década pasada, la U. de Chicago (EE.UU.) decidió cerrar su Departamento de Educación. "Sólo formaba doctores y no estaba conectada con la realidad de las escuelas", explica el decano de ciencias sociales de la institución, John Mark Hansen.
De visita en Chile, invitado por Libertad y Desarrollo, el académico cuenta que la universidad esperaba hacer una contribución "de verdad" a la educación de Chicago. Y eso se tradujo en dos iniciativas que están teniendo un alto impacto en las escuelas de la ciudad.
"Una universidad debe estar conectada con las necesidades de su entorno, especialmente de las escuelas, porque dar educación de calidad a los alumnos más vulnerables es uno de los desafíos prioritarios en nuestra sociedad", subraya.
La primera decisión fue crear el Consortium on Chicago School Research, un centro de estudios dedicado exclusivamente a evaluar el trabajo de las escuelas de la ciudad. Una alianza público-privada en que todos ganan: la universidad accede a datos para hacer investigación y Chicago tiene una mirada independiente para medir el impacto de las reformas educacionales que inició en los 90.
"Uno de los estudios más relevantes que hizo el Consortium fue un análisis de cuántos egresados de las escuelas de Chicago terminaban en la universidad. El resultado fue ridículamente bajo. En estudiantes afroamericanos la cifra era en torno al 2%", relata Hansen.
Tales hallazgos han generado impacto y cambios en las políticas educacionales de la ciudad. Aunque para Hansen la mejor herramienta que ha surgido de este trabajo es la capacitación de docentes y el informe anual que el Consortium hace sobre el trabajo de cada escuela de Chicago.
"El modelo ha sido tan exitoso que ha inspirado alianzas similares. Nueva York se alió a la U. de Columbia, Baltimore a la U. Johns Hopkins y así", dice.
De todos modos, la iniciativa más desafiante que inició la universidad fue la de empezar a gestionar colegios. El proyecto comenzó en 1997 con una escuela básica y hoy abarca a cuatro establecimientos.
Con alumnos no seleccionados (los cupos se asignan por sorteo) y en su mayoría afroamericanos y latinos, en poco tiempo han logrado superar el rendimiento promedio del sistema escolar de Chicago. Para ello ha sido clave levantar las expectativas de los alumnos: "Un signo claro de esto es que en cada escuela tenemos banderines de universidades de prestigio y en las vacaciones llevamos a los niños a nuestra universidad, para que sientan que es un lugar al que pueden llegar algún día".
A esto se suma un currículo exigente, sobre todo en lenguaje y matemática. La jornada de clases es una hora más larga que en las otras escuelas y los alumnos de bajo nivel de logro van a un curso intensivo durante las vacaciones. Además, los profesores tienen entre cinco y ocho horas semanales para planificar su trabajo y observar a otros colegas en acción.
Hasta ahora, la fórmula ha sido un éxito. El propio Barack Obama (en su época de senador) quiso dar un discurso en la primera graduación de 8° básico de una de las escuelas. "Es una tarea difícil, pero nuestro compromiso es a largo plazo; si fallamos, tendremos que ver cómo mejorar, pero no nos vamos a ir de las escuelas. Aquí no hay vuelta atrás", concluye Hansen.
Fuente: www.elmercurio.cl
